Salmos 3
David escribió este salmo en su huida de Absalón. No era solo una huida física: su alma estaba en caos. Sabía que era el ungido, el escogido por Dios, pero ahora estaba fuera de su propio trono, rodeado de traición y miedo. Su mundo visible estaba derrumbándose.
Sin embargo, dentro de él había algo que no se movía. No era su fuerza. No era su capacidad de confiar. Era el Espíritu.
Este salmo no exalta a un hombre fuerte que confía perfectamente, sino a un Dios que sostiene incluso cuando el alma tambalea. El alma puede huir, pero el Espíritu permanece porque su ancla no está en el hombre, sino en Dios mismo.
«¡Oh Jehová, cuánto se han multiplicado mis adversarios! Muchos son los que se levantan contra mí. Muchos son los que dicen de mí: No hay para él salvación en Dios. Selah.»
Aquí habla el alma. El alma ve enemigos, cuenta amenazas, escucha voces humanas. Cuando domina el alma, todo se mide por lo visible, lo probable, lo lógico.
Pero Dios no se mueve en la lógica del alma.
El sistema dice: “No hay salvación para él”. La religión dice: “Si lograra confiar, Dios lo ayudaría”.
Pero el Reino revela algo más profundo: aunque el alma tiemble, el Espíritu permanece porque Dios sostiene.
«Mas tú, Jehová, eres escudo alrededor de mí; mi gloria, y el que levanta mi cabeza.»
Aquí ya no habla el alma, sino el Espíritu. Después del “muchos son”, aparece el “mas tú”. Esa frase divide al alma y al Espíritu.
El alma mira al problema, el Espíritu mira al Señor.
El escudo no está fuera, está dentro. La gloria no está en el reino perdido, sino en la presencia. Y la cabeza levantada no es orgullo, sino restauración. Es Dios levantando al hijo, no el hijo levantándose a sí mismo.
«Con mi voz clamé a Jehová, y él me respondió desde su monte santo. Selah.»
No dice “clamé y ojalá me escuche”. Dice “él me respondió”.
Esto no es confianza basada en esfuerzo humano. Es comunión basada en relación. El monte santo no se mueve. Aunque David huya, la presencia permanece. Puede perder el palacio, pero no puede perder el acceso.
«Yo me acosté y dormí, y desperté, porque Jehová me sustentaba. No temeré a diez millares de gente, que pusieren sitio contra mí.»
Dormir en peligro no es valentía humana, es reposo espiritual. David no descansa porque él es fuerte para confiar, sino porque Dios lo sostienen incluso cuando él está débil.
“Jehová me sustentaba”. No “me sustenta solo si confío”, sino me estaba sosteniendo incluso cuando mi alma estaba temblando.
Y entonces puede decir: “No temeré”. No como declaración carnal de fuerza, sino como fruto del descanso en lo que Dios es.
«Levántate, Jehová; sálvame, Dios mío; porque tú heriste a todos mis enemigos en la mejilla; los dientes de los perversos quebrantaste. De Jehová es la salvación; sobre tu pueblo sea tu bendición. Selah.»
La voz del alma clama, pero el Espíritu afirma lo que Dios ya ha hecho. Los enemigos mencionados representan voces internas: miedo, acusación, incredulidad. Dios quebranta esas voces.
“De Jehová es la salvación.” No proviene del hombre, ni de su decisión, ni de la intensidad de su confianza. Es de Dios. Él sostiene, Él guarda, Él levanta.
El Salmo 3 no muestra a un fugitivo que logra confiar. Muestra a un hijo que, aun cuando su alma huye, descubre que dentro de él hay una vida que no puede ser derribada.
Cuando todo en lo visible se vence, el Espíritu permanece.
Y esa permanencia —no la fuerza del hombre— es la garantía de que Dios guardará hasta el fin a los que están en Cristo.



