Salmo 106
El Salmo 106 no es un canto de celebración superficial, sino una confesión histórica profunda. No exalta al hombre, sino que lo expone. No presenta una progresión de mejora espiritual, sino una repetición constante de caída, resistencia y corrupción. Este salmo revela algo que el sistema religioso suele ocultar: el problema no está en circunstancias externas, sino en la naturaleza misma del hombre.
A lo largo del salmo, se recorre la historia de Israel no para glorificarla, sino para mostrar un patrón: ver la obra de Dios no cambia el corazón. Milagros no producen vida. Experiencias no generan obediencia verdadera. La carne puede presenciar la gloria y aun así resistirla. Esta es una verdad clave del Reino: el hombre no necesita instrucción, necesita vida.
El texto también pone en evidencia que la relación entre Dios y su pueblo nunca ha dependido de la fidelidad del hombre. Si así fuera, la historia habría terminado en destrucción total desde el principio. Pero Dios actúa conforme a su nombre, no conforme a la respuesta humana. Aquí aparece un principio esencial: la salvación no es una recompensa, es una intervención.
Este salmo, por tanto, no es simplemente memoria histórica. Es una radiografía espiritual. Muestra al hombre tal como es en su estado natural: olvidadizo, rebelde, inclinado a la idolatría, incapaz de permanecer. Y al mismo tiempo, revela a Dios como Aquel que, aun viendo esto, decide actuar en misericordia por causa de sí mismo.
“Aleluya. Alabad a Jehová, porque él es bueno; Porque para siempre es su misericordia. ¿Quién expresará las poderosas obras de Jehová? ¿Quién contará sus alabanzas? Dichosos los que guardan juicio, Los que hacen justicia en todo tiempo. Acuérdate de mí, oh Jehová, según tu benevolencia para con tu pueblo; Visítame con tu salvación, Para que yo vea el bien de tus escogidos, Para que me goce en la alegría de tu nación, Y me gloríe con tu heredad. Pecamos nosotros, como nuestros padres; Hicimos iniquidad, hicimos impiedad” (Salmo 106:1-6)
El salmo comienza con una declaración de alabanza: “Alabad a Jehová, porque él es bueno; porque para siempre es su misericordia”. Desde el inicio se establece el fundamento: no es la historia del hombre lo que define el relato, sino la misericordia de Dios.
Sin embargo, rápidamente el texto gira hacia una confesión colectiva: “Pecamos nosotros, como nuestros padres; hicimos iniquidad, hicimos impiedad”. Aquí no hay intento de justificar al hombre ni de suavizar su condición. Se reconoce una continuidad generacional del mismo problema. No es un fallo aislado, es una naturaleza compartida.
“Nuestros padres en Egipto no entendieron tus maravillas; No se acordaron de la muchedumbre de tus misericordias, Sino que se rebelaron junto al mar, el Mar Rojo. Pero él los salvó por amor de su nombre, Para hacer notorio su poder. Reprendió al Mar Rojo y lo secó, Y les hizo ir por el abismo como por un desierto. Los salvó de mano del enemigo, Y los rescató de mano del adversario. Cubrieron las aguas a sus enemigos; No quedó ni uno de ellos. Entonces creyeron a sus palabras Y cantaron su alabanza” (Salmo 106:7–12)
Aun después de ver las maravillas en Egipto, no entendieron. El pueblo no respondió con fe, sino con temor y murmuración. Y sin embargo, Dios los salvó “por amor de su nombre”. Esto es crucial: la acción de Dios no responde a la calidad del hombre, sino a su propósito eterno.
“Bien pronto olvidaron sus obras; No esperaron su consejo. Se entregaron a un deseo desordenado en el desierto; Y tentaron a Dios en la soledad. Y él les dio lo que pidieron; Mas envió mortandad sobre ellos” (Salmo 106:13–15)
“Bien pronto olvidaron sus obras”. Esta frase revela la fragilidad del corazón humano. No hay permanencia. La carne vive en reacción, no en verdad. El deseo los llevó a tentar a Dios, y Él les concedió lo que pedían, pero envió “mortandad sobre ellos”. Aquí se muestra otro principio: obtener lo que nace del deseo carnal no es bendición, es juicio.
“Tuvieron envidia de Moisés en el campamento, Y contra Aarón, el santo de Jehová. Entonces se abrió la tierra y tragó a Datán, Y cubrió la compañía de Abiram. Y se encendió fuego en su junta; La llama quemó a los impíos” (Salmo 106:16–18)
Se levantaron contra Moisés y Aarón. Esto no es simplemente un conflicto humano, sino una resistencia contra lo que Dios había dispuesto. La tierra se abre, el juicio se manifiesta. El hombre natural no reconoce lo que viene de Dios.
“Hicieron becerro en Horeb, Se postraron ante una imagen de fundición. Así cambiaron su gloria Por la imagen de un buey que come hierba. Olvidaron al Dios de su salvación, Que había hecho grandezas en Egipto, Maravillas en la tierra de Cam, Cosas formidables sobre el Mar Rojo. Y trató de destruirlos, De no haberse interpuesto Moisés su escogido delante de él, A fin de apartar su indignación para que no los destruyese” (Salmo 106:19–23)
Cambiaron la gloria de Dios por la imagen de un becerro. Este es uno de los puntos más reveladores del salmo: el hombre necesita sustituir a Dios por algo visible, manipulable, controlable. La idolatría no es solo adorar imágenes, es reducir a Dios a algo que el hombre pueda manejar.
Aquí aparece Moisés como intercesor: “Se puso en la brecha delante de él”. Esto anticipa una figura mayor: alguien que se interpone entre el juicio y el pueblo.
“Pero aborrecieron la tierra deseable; No creyeron a su palabra, Antes murmuraron en sus tiendas, Y no oyeron la voz de Jehová. Por tanto, alzó su mano contra ellos Para abatirlos en el desierto, Y humillar su pueblo entre las naciones, Y esparcirlos por las tierras” (Salmo 106:24–27)
No creyeron a su palabra. Prefirieron lo conocido antes que lo prometido. El problema no era la dificultad del camino, sino la incredulidad del corazón. Por eso Dios jura que no entrarían.
“Se unieron asimismo a Baal-peor, Y comieron los sacrificios de los muertos. Provocaron la ira de Dios con sus obras, Y se desarrolló la mortandad entre ellos. Entonces se levantó Finees e hizo juicio, Y se detuvo la plaga; Y le fue contado por justicia De generación en generación para siempre” (Salmo 106:28–31)
Se unieron a lo pagano, participaron de sacrificios muertos. La mezcla es una constante en la historia del hombre. Pero aparece Finees, cuya intervención detiene el juicio. De nuevo, alguien se levanta en medio del caos.
“También le irritaron en las aguas de Meriba; Y le fue mal a Moisés por causa de ellos, Porque hicieron rebelar a su espíritu, Y habló precipitadamente con sus labios” (Salmo 106:32–33)
Incluso Moisés es afectado por la rebelión del pueblo. Esto muestra cómo la influencia de la carne no es neutra; contamina, arrastra, afecta incluso a quienes han sido llamados.
“No destruyeron a los pueblos Que Jehová les dijo; Antes se mezclaron con las naciones, Y aprendieron sus obras, Y sirvieron a sus ídolos, Los cuales fueron causa de su ruina. Sacrificaron sus hijos y sus hijas a los demonios, Y derramaron la sangre inocente, la sangre de sus hijos y de sus hijas, Que ofrecieron en sacrificio a los ídolos de Canaán, Y la tierra fue contaminada con sangre. Se contaminaron así con sus obras, Y se prostituyeron con sus hechos” (Salmo 106:34–39)
No destruyeron a las naciones como se les había mandado. Se mezclaron, aprendieron sus obras, sirvieron a sus ídolos. Esto no es simplemente desobediencia, es evidencia de que el corazón siempre tiende hacia lo que es contrario a Dios.
El texto incluso menciona sacrificios de hijos, mostrando hasta dónde puede llegar la degradación cuando el hombre sigue su propia naturaleza.
“Se encendió, por tanto, el furor de Jehová sobre su pueblo, Y abominó su heredad; Los entregó en poder de las naciones, Y se enseñorearon de ellos los que les aborrecían. Sus enemigos los oprimieron, Y fueron quebrantados debajo de su mano. Muchas veces los libró; Mas ellos se rebelaron contra su consejo, Y fueron humillados por su maldad” (Salmo 106:40–43)
Dios entrega al pueblo en manos de sus enemigos. No como abandono definitivo, sino como manifestación de justicia. Aun así, el patrón se repite: claman, son librados, vuelven a rebelarse.
“Con todo, él miraba cuando estaban en angustia, Y oía su clamor; Y se acordaba de su pacto con ellos, Y se arrepentía conforme a la muchedumbre de sus misericordias. Hizo asimismo que tuviesen de ellos misericordia todos los que los tenían cautivos” (Salmo 106:44–46)
Dios escucha su clamor. No porque hayan cambiado, sino porque recuerda su pacto. Esto es clave: Dios actúa por lo que Él ha establecido, no por lo que el hombre demuestra.
“Sálvanos, Jehová Dios nuestro, Y recógenos de entre las naciones, Para que alabemos tu santo nombre, Para que nos gloriemos en tus alabanzas. Bendito Jehová Dios de Israel, Desde la eternidad y hasta la eternidad; Y diga todo el pueblo, Amén. Aleluya.” (Salmo 106:47–48)
El salmo termina con una petición: “Sálvanos, Jehová Dios nuestro…”. No hay confianza en el hombre, solo en la intervención divina.
Este salmo revela principios fundamentales: El hombre, en su estado natural, no puede permanecer en la verdad aunque vea la obra de Dios. La memoria espiritual del hombre es débil; olvida rápidamente lo que ha recibido. La carne tiende constantemente a la idolatría, a sustituir a Dios por algo manejable. La historia del hombre no es progreso, sino repetición de rebelión. Dios no actúa basado en la fidelidad humana, sino en su propio nombre y propósito. Obtener lo que nace del deseo carnal puede ser una forma de juicio, no de bendición. La mezcla con el mundo no es neutral, siempre produce corrupción. El juicio de Dios no contradice su misericordia; la revela en su contexto correcto. La única esperanza del hombre es que Dios intervenga, no que el hombre mejore.
El Salmo 106 encuentra su cumplimiento pleno en la persona de Jesucristo. Donde Israel falló repetidamente, Cristo permanece. Donde el hombre olvidó, Cristo vive en perfecta comunión con el Padre. Donde hubo idolatría, Cristo es la imagen perfecta de Dios, no una sustitución falsa.
Moisés “se puso en la brecha”, pero no pudo cambiar la naturaleza del pueblo. Cristo no solo se pone en la brecha, sino que ofrece su vida, no solo para detener el juicio, sino para dar una nueva vida.
Este salmo muestra la necesidad de algo más que intervención externa. No basta con liberar al hombre de situaciones; es necesario liberarlo de sí mismo. Eso es lo que se cumple en Cristo: no una reforma del hombre, sino un nuevo nacimiento.
La repetición de pecado en el salmo apunta a una verdad: mientras el hombre siga siendo el mismo, la historia será la misma. Cristo no vino a mejorar esa historia, sino a terminarla en la cruz y comenzar una nueva en Él.



