Salmo 19
El Salmo 19 revela dos voces que Dios usa para traer al hombre a la verdad: la creación que habla sin palabras, y la Palabra que revela sin engaño.
La primera despierta asombro; la segunda transforma el corazón. En este salmo se muestra cómo Dios se revela desde lo visible hasta lo interior, desde los cielos hasta el alma. El hombre natural puede admirar la creación, pero solo la Palabra lo convierte, ilumina y ordena. Aquí se muestra la diferencia entre la luz de afuera y la luz de adentro: una maravilla; la otra vida.
Estos versículos nos llevan a reconocer que la perfección no está en la observación humana, sino en la verdad de Dios que restaura lo que el hombre no puede cambiar por sí mismo.
“Los cielos cuentan la gloria de Dios, Y el firmamento anuncia la obra de sus manos” (Salmo 19:1)
Los cielos muestran la gloria de Dios. No explican, revelan. Lo que Dios es se percibe en lo que ha hecho. La creación no grita al hombre para que se admire a sí mismo, sino para señalarlo hacia el Creador.
“Un día emite palabra a otro día, Y una noche a otra noche declara sabiduría” (Salmo 19:2)
Cada día entrega un mensaje y cada noche presenta conocimiento. La creación habla sin detenerse. Dios no deja de mostrar su grandeza ni un instante. La revelación externa es continua porque la fidelidad de Dios también lo es.
“No hay lenguaje, ni palabras, Ni es oída su voz” (Salmo 19:3)
No hay palabras audibles, pero el mensaje llega igual. Dios se comunica más allá del lenguaje humano. El cielo no habla al oído, habla al espíritu.
“Por toda la tierra salió su voz, Y hasta el extremo del mundo sus palabras. En ellos puso tabernáculo para el sol” (Salmo 19:4)
La voz de la creación recorre toda la tierra. Nada queda fuera de su alcance. El diseño del mundo predica la verdad de Dios a cada nación, a cada pueblo, a cada corazón.
“Y éste, como esposo que sale de su tálamo, Se alegra cual gigante para correr el camino” (Salmo 19:5)
El sol es comparado con un esposo que sale de su tálamo: fuerte, radiante, seguro. Así es la manifestación de Dios: llena todo, atraviesa todo, alcanza todo.
“De un extremo de los cielos es su salida, Y su curso hasta el término de ellos; Y nada hay que se esconda de su calor” (Salmo 19:6)
Nada se esconde del calor del sol. De igual manera, nada puede esconderse de la presencia de Dios. Su luz toca tanto lo alto como lo profundo.
Con este verso termina la revelación visible. Ahora comienza la revelación interna: la Palabra que forma, corrige, purifica y da vida.
“La ley de Jehová es perfecta, que convierte el alma; El testimonio de Jehová es fiel, que hace sabio al sencillo” (Salmo 19:7)
La ley de Dios restaura el alma. No la mejora, la devuelve a su propósito. Su testimonio da sabiduría al sencillo, no al orgulloso. La revelación de Dios convierte lo incapaz en alguien que discierne.
“Los mandamientos de Jehová son rectos, que alegran el corazón; El precepto de Jehová es puro, que alumbra los ojos” (Salmo 19:8)
Los mandamientos son rectos y alegran el corazón porque liberan del engaño. Su precepto ilumina los ojos, dando claridad interior que ninguna inteligencia humana puede producir.
“El temor de Jehová es limpio, que permanece para siempre; Los juicios de Jehová son verdad, todos justos” (Salmo 19:9)
El temor de Dios es limpio, establece orden dentro del hombre y permanece para siempre. La pureza que Dios trae no es temporal, sino eterna. Sus juicios son verdad inquebrantable.
“Deseables son más que el oro, y más que mucho oro afinado; Y dulces más que miel, y que la que destila del panal” (Salmo 19:10)
La Palabra de Dios es más valiosa que cualquier riqueza, más dulce que lo más dulce que el hombre conoce. El alma renacida ama la verdad porque reconoce en ella la voz de su propio Señor.
“Tu siervo es además amonestado con ellos; En guardarlos hay grande galardón” (Salmo 19:11)
El siervo es advertido por la Palabra y al obedecerla encuentra recompensa. No una recompensa terrenal, sino la vida que se manifiesta cuando el hombre anda alineado con Dios.
“¿Quién podrá entender sus propios errores? Líbrame de los que me son ocultos” (Salmo 19:12)
Nadie puede ver sus propios errores. El alma natural está ciega a su propio engaño. Solo Dios revela lo que está oculto. La dependencia es absoluta.
“Preserva también a tu siervo de las soberbias; Que no se enseñoreen de mí; Entonces seré íntegro, y estaré limpio de gran rebelión” (Salmo 19:13)
El clamor pide ser guardado de la soberbia, porque la soberbia es la raíz que impide que Dios obre. Ser libre de la arrogancia es mayor victoria que vencer mil enemigos.
“Sean gratos los dichos de mi boca y la meditación de mi corazón delante de ti, Oh Jehová, roca mía, y redentor mío” (Salmo 19:14)
El deseo final es que las palabras y los pensamientos sean agradables a Dios. No se busca aprobación humana, sino armonía con la verdad. Dios es Roca y Redentor: fundamento y rescate. No solo sostiene… también salva.






