Salmo 44
El Salmo 44 es uno de los textos más incómodos y honestos de los Salmos. El pueblo recuerda con claridad las obras poderosas de Dios en el pasado, afirma su fidelidad en el presente, y aun así confiesa una realidad desconcertante: derrota, vergüenza y aparente abandono.
Este salmo rompe con una idea muy extendida: que la fidelidad garantiza siempre victoria visible. Aquí el pueblo no está en pecado abierto ni en rebeldía consciente. Al contrario, afirma que no ha olvidado a Dios ni ha traicionado su pacto. Y, sin embargo, sufre.
El Salmo 44 nos introduce en una verdad esencial del Reino: la fidelidad no siempre evita el sufrimiento, pero el sufrimiento tampoco invalida la fidelidad.
En Cristo, este salmo encuentra su sentido más profundo: el Justo fiel que fue entregado, humillado y vencido a los ojos del mundo, pero no abandonado por el Padre.
“Oh Dios, con nuestros oídos hemos oído, nuestros padres nos han contado, La obra que hiciste en sus días, en los tiempos antiguos. Tú con tu mano echaste las naciones, y los plantaste a ellos; Afligiste a los pueblos, y los arrojaste. Porque no se apoderaron de la tierra por su espada, Ni su brazo los libró; Sino tu diestra, y tu brazo, y la luz de tu rostro, Porque te complaciste en ellos” (Salmo 44:1–3)
El pueblo comienza recordando. No desde la nostalgia, sino desde la certeza: Dios actuó en la historia. La victoria no fue por espada ni por fuerza humana, sino por la mano y el favor de Dios. Este recuerdo establece una base sólida: Dios es el mismo, y la salvación nunca fue mérito del hombre.
“Tú, oh Dios, eres mi rey; Manda salvación a Jacob. Por medio de ti sacudiremos a nuestros enemigos; En tu nombre hollaremos a nuestros adversarios. Porque no confiaré en mi arco, Ni mi espada me salvará; Pues tú nos has guardado de nuestros enemigos, Y has avergonzado a los que nos aborrecían. En Dios nos gloriaremos todo el tiempo, Y para siempre alabaremos tu nombre” (Salmo 44:4–8)
La confesión es clara: Dios sigue siendo el Rey. El pueblo no ha cambiado de lealtad. La confianza no está en armas ni estrategias, sino en el nombre del Señor. Aquí se afirma una verdad clave del Reino: la identidad espiritual no se define por el resultado visible, sino por a quién se pertenece.
“Pero nos has desechado, y nos has hecho avergonzar; Y no sales con nuestros ejércitos. Nos hiciste retroceder delante del enemigo, Y nos saquean para sí los que nos aborrecen. Nos entregas como ovejas al matadero, Y nos has esparcido entre las naciones. Has vendido a tu pueblo de balde; No exigiste ningún precio” (Salmo 44:9–12)
El tono cambia bruscamente. A pesar de la confianza, hay derrota. Dios parece haberse retirado. El pueblo es dispersado, entregado, tratado como mercancía sin valor. El salmo no suaviza la experiencia: la humillación es real y profunda.
“Nos pones por afrenta de nuestros vecinos, Por escarnio y por burla de los que nos rodean. Nos pusiste por proverbio entre las naciones; Todos al vernos menean la cabeza. Cada día mi vergüenza está delante de mí, Y la confusión de mi rostro me cubre, Por la voz del que me vitupera y deshonra, Por razón del enemigo y del vengativo” (Salmo 44:13–16)
La derrota no es solo militar, es social y emocional. El pueblo se convierte en burla, en desprecio, en motivo de vergüenza pública. El dolor no viene solo de perder, sino de ser expuesto y ridiculizado. El rostro cubierto de vergüenza expresa una herida interior.
“Todo esto nos ha venido, y no nos hemos olvidado de ti, Y no hemos faltado a tu pacto. No se ha vuelto atrás nuestro corazón, Ni se han apartado de tus caminos nuestros pasos” (Salmo 44:17–18)
Aquí aparece una de las declaraciones más sorprendentes de los Salmos. El pueblo afirma que, a pesar de todo, no ha olvidado a Dios ni ha quebrantado el pacto. No hay traición consciente, no hay idolatría abierta. El sufrimiento no puede explicarse como castigo simple.
“Para que nos quebrantases en el lugar de chacales, Y nos cubrieses con sombra de muerte. Si nos hubiésemos olvidado del nombre de nuestro Dios, O alzado nuestras manos a dios ajeno, ¿No demandaría Dios esto? Porque él conoce los secretos del corazón. Pero por causa de ti nos matan cada día; Somos contados como ovejas para el matadero” (Salmo 44:19–22)
El salmo entra en un terreno aún más profundo. El pueblo se reconoce quebrantado, aplastado, cubierto de sombra de muerte. Y entonces declara algo estremecedor: por causa de Dios son llevados como ovejas al matadero. Esta frase será retomada en el Nuevo Testamento para describir el camino de los creyentes.
“Despierta; ¿por qué duermes, Señor? Despierta, no te alejes para siempre. ¿Por qué escondes tu rostro, Y te olvidas de nuestra aflicción, y de la opresión nuestra?” (Salmo 44:23–24)
El clamor se vuelve directo y casi incómodo: “¿por qué duermes?”. No es irreverencia, es desesperación honesta. El pueblo no quiere explicación teológica, quiere presencia. El silencio de Dios pesa más que la derrota misma.
“Porque nuestra alma está agobiada hasta el polvo, Y nuestro cuerpo está postrado hasta la tierra. Levántate para ayudarnos, Y redímenos por causa de tu misericordia” (Salmo 44:25–26)
El salmo termina postrado. No hay triunfo visible, solo súplica. Pero la petición final no apela a méritos, sino a la misericordia. El pueblo no exige; se abandona a la fidelidad de Dios como única esperanza.
El Salmo 44 revela que el Reino de Dios no se rige por una lógica de recompensa inmediata.
Hay fidelidad que pasa por derrota. Hay obediencia que atraviesa humillación. Hay confianza que se mantiene incluso cuando Dios parece callar.
Este salmo enseña que: la memoria de las obras de Dios sostiene en la noche, la fidelidad no siempre evita el dolor, el sufrimiento no es prueba automática de infidelidad y la esperanza final sigue estando en la misericordia de Dios.
En Cristo, este salmo encuentra su cumplimiento más profundo: Él fue fiel hasta el final, fue tratado como derrotado, entregado como oveja al matadero, y aun así no fue abandonado, sino vindicado por Dios.






