Salmo 135
El Salmo 135 es una proclamación que combina dos realidades fundamentales: quién es Dios y qué no es. A lo largo del texto se establece un contraste directo entre el Dios vivo, que actúa con autoridad absoluta, y los ídolos, que son producto del hombre y carecen de vida.
Este salmo no se limita a invitar a la alabanza; revela por qué esa alabanza es coherente. No se basa en emoción ni en tradición, sino en una realidad objetiva: Dios actúa, interviene y sostiene, mientras que todo lo que el hombre produce como sustituto es completamente inútil.
Además, el salmo recorre tanto la creación como la historia del pueblo, mostrando que Dios no es una idea abstracta, sino alguien que ha actuado de forma concreta. Sin embargo, el énfasis no está en los hechos en sí, sino en lo que demuestran: su autoridad y su naturaleza.
Por tanto, este salmo no enseña simplemente a alabar, sino a distinguir entre lo real y lo falso.
“Alabad el nombre de Jehová; Alabadle, siervos de Jehová; Los que estáis en la casa de Jehová, En los atrios de la casa de nuestro Dios. Alabad a JAH, porque él es bueno; Cantad salmos a su nombre, porque él es benigno” (Salmo 135:1–3)
El llamado se dirige a quienes están en su presencia. No es una invitación general sin base, es un reconocimiento de quién es Dios.
La alabanza no es obligación, es coherente con su naturaleza.
“Porque JAH ha escogido a Jacob para sí, A Israel por posesión suya” (Salmo 135:4)
Aquí se muestra que la relación no nace del hombre. Dios no responde a una iniciativa humana, Él establece la relación. Esto elimina cualquier idea de mérito.
“Porque yo sé que Jehová es grande, Y el Señor nuestro, mayor que todos los dioses. Todo lo que Jehová quiere, lo hace, En los cielos y en la tierra, en los mares y en todos los abismos. Hace subir las nubes de los extremos de la tierra; Hace los relámpagos para la lluvia; Saca de sus depósitos los viento” (Salmo 135:5–7)
No es una suposición, es una afirmación basada en lo que Dios ha hecho.
Aquí se establece su autoridad absoluta. No está limitado por el entorno ni por la voluntad humana.
La creación no funciona de forma independiente. Responde a Dios.
“El es quien hizo morir a los primogénitos de Egipto, Desde el hombre hasta la bestia. Envió señales y prodigios en medio de ti, oh Egipto, Contra Faraón, y contra todos sus siervos. Destruyó a muchas naciones, Y mató a reyes poderosos; A Sehón rey amorreo, A Og rey de Basán, Y a todos los reyes de Canaán. Y dio la tierra de ellos en heredad, En heredad a Israel su pueblo” (Salmo 135:8–12)
Se recuerda la liberación del pueblo. No como un evento aislado, sino como evidencia de su acción.
La herencia no es conquistada por capacidad humana, es entregada.
“Oh Jehová, eterno es tu nombre; Tu memoria, oh Jehová, de generación en generación. Porque Jehová juzgará a su pueblo, Y se compadecerá de sus siervos” (Salmo 135:13–14)
Aquí se afirma su continuidad. Dios no cambia con el tiempo ni con las circunstancias.
No es indiferente. Actúa conforme a su justicia.
“Los ídolos de las naciones son plata y oro, Obra de manos de hombres. Tienen boca, y no hablan; Tienen ojos, y no ven; Tienen orejas, y no oyen; Tampoco hay aliento en sus bocas. Semejantes a ellos son los que los hacen, Y todos los que en ellos confía” (Salmo 135:15–18)
Aquí se expone la raíz: lo que el hombre adora, lo ha creado él mismo.
Apariencia sin vida. No pueden responder, no pueden actuar. El hombre se convierte en lo que adora. Si confía en lo muerto, se vuelve insensible.
“Casa de Israel, bendecid a Jehová; Casa de Aarón, bendecid a Jehová; Casa de Leví, bendecid a Jehová; Los que teméis a Jehová, bendecid a Jehová. Desde Sion sea bendecido Jehová, Quien mora en Jerusalén. Aleluya” (Salmo 135:19–21)
Se vuelve al llamado inicial. Pero ahora con fundamento: Dios es real, actúa y permanece.
La alabanza no es vacía, es respuesta a una realidad.
Este salmo nos muestra que: Dios no es una idea, es una realidad que actúa. Su autoridad es absoluta y no depende de nada externo. La relación con Dios no nace del hombre, es establecida por Él. La historia y la creación están bajo su control. Los ídolos representan lo que el hombre produce sin vida real. El hombre se transforma en aquello en lo que confía. La diferencia entre Dios y los ídolos no es de forma, sino de vida. La alabanza verdadera nace de reconocer esta realidad.
Este salmo encuentra su cumplimiento pleno en Jesucristo.
Cristo es la manifestación visible del Dios que el salmo describe. No como representación simbólica, sino como realidad viva.
Donde los ídolos no hablan, Cristo habla. Donde no ven, Él conoce. Donde no actúan, Él interviene. Además, en Él se revela plenamente la autoridad de Dios sobre la creación y la historia.
Cristo no es una figura creada por el hombre, sino la revelación de Dios al hombre. Y en Él se rompe la dinámica de muerte que el salmo describe: el hombre ya no se transforma en algo sin vida, sino que recibe vida real.
Este salmo no solo denuncia la falsedad, señala hacia la verdad que en Cristo se hace visible.






