El Dios que juzga con verdad y sostiene al que confía

Salmo 9

El Salmo 9 es un canto de victoria, pero no una victoria humana, sino la victoria de Dios sobre todo lo que se levanta contra Él y contra los que confían en Él. Aquí David proclama que Dios es juez, defensor y refugio, no por lo que el hombre hace, sino por lo que Dios es. Este salmo muestra la diferencia entre la confianza del alma —que vacila, teme y reacciona— y la confianza del espíritu —que descansa en la justicia de Dios. Es un salmo que revela que toda obra humana cae, pero los que están en el Hijo permanecen.

“Te alabaré, oh Jehová, con todo mi corazón; contaré todas tus maravillas.”

La alabanza verdadera nace de un corazón rendido, no de un impulso emocional. David no alaba por obligación, sino porque ha visto la obra de Dios. Las maravillas que menciona no son experiencias sensoriales, sino la intervención de Dios en la historia y en su vida. La alabanza fluye cuando el hombre reconoce que nada bueno viene de sí mismo, sino de Dios.

“Me alegraré y me regocijaré en ti; cantaré a tu nombre, oh Altísimo.”

David no se alegra en sí mismo, ni en sus victorias, ni en sus logros: se alegra “en ti”. La fuente del gozo no es el bienestar, sino la persona de Dios. El nombre “Altísimo” coloca a Dios por encima de todo, recordando que no hay otro reino, otra fuerza ni otra voluntad que pueda vencerlo.

“Mis enemigos volvieron atrás; cayeron y perecieron delante de ti.”

David no dice “cayeron delante de mí”, sino “delante de ti”. Él sabe que su defensa no viene de su espada ni de su inteligencia. Cuando los enemigos retroceden es porque Dios ha manifestado su juicio. Todo lo que se opone a la verdad del Reino termina cayendo, no por el hombre, sino por Dios.

“Porque has mantenido mi derecho y mi causa; te has sentado en el trono juzgando con justicia.”

David reconoce que su causa solo es justa porque Dios la toma. El derecho del hombre nada vale si Dios no lo sostiene. La justicia no es un concepto moral, es un trono: Dios juzgando correctamente. Sentado en el trono, es decir, en autoridad absoluta. El renacido descansa en ese trono; el alma natural lucha por su propia “causa”.

“Reprendiste a las naciones, destruiste al malo, borraste el nombre de ellos eternamente y para siempre.”

Habrá un juicio irreversible de Dios contra lo que se opone a Él. “Las naciones” representan sistemas humanos levantados sin Dios. “El malo” no es un individuo, sino toda estructura de la naturaleza caída. Dios borra su nombre: lo que no nace de Dios desaparece, aunque haya parecido fuerte por un tiempo.

escucha o Dios

“Los enemigos acabaron; son consumidos de lugares para siempre; y las ciudades que derribaste perecieron, su memoria pereció con ellas.”

Dios derriba ciudades, es decir, fortalezas, estructuras, seguridades humanas. Lo que el mundo considera estable, Dios lo hace desaparecer. Es una imagen del fin de toda obra de la carne. Nada queda en pie excepto lo fundado en Él.

“Pero Jehová permanecerá para siempre; ha dispuesto su trono para juicio.”

Este es el contraste del Reino: lo humano perece, lo de Dios permanece. El trono de Dios no es temporal; su juicio tampoco. Su gobierno no cambia con las épocas. Para el que está en Cristo, esto es descanso; para el que está fuera, es confrontación.

“Él juzgará al mundo con justicia, y a los pueblos con rectitud.”

Dios juzga con justicia porque Él es justicia. Los pueblos serán juzgados con rectitud, no con favoritismos ni percepciones humanas. Todo será medido por Cristo, el estándar perfecto. El juicio final no será por obras humanas, sino por la relación (o separación) con el Hijo.

“Jehová será refugio del pobre, refugio para el tiempo de angustia.”

El pobre no es solo el necesitado material: es el que no tiene nada en sí mismo, el que reconoce su insuficiencia. Dios es su refugio cuando la angustia viene. El alma busca refugios falsos; el espíritu corre al único refugio verdadero: Dios.

“En ti confiarán los que conocen tu nombre, por cuanto tú, oh Jehová, no desamparaste a los que te buscaron.”

La confianza no nace de saber cosas sobre Dios, sino de conocer su nombre: su carácter, su verdad, su fidelidad. Dios nunca desampara al que lo busca, pero lo busca de verdad, no emocionalmente, no religiosamente. El que lo conoce, confía.

“Cantad a Jehová, que habita en Sion; publicad entre los pueblos sus obras.”

Dios habita en Sion, no en edificios humanos. Zión apunta a su presencia, a su dominio espiritual. Publicar sus obras no es propaganda, es testimonio: declarar lo que Dios ha hecho, no lo que el hombre ha inventado.

“Porque el que demanda la sangre se acordó de ellos; no se olvidó del clamor de los afligidos.”

Dios escucha el clamor de los afligidos porque Él es justo. Nada queda sin respuesta delante de su trono. El sufrimiento del justo no es inútil: Dios lo ve, lo guarda y responde. Ninguna lágrima se pierde en el Reino.

“Ten misericordia de mí, Jehová; mira mi aflicción que padezco a causa de los que me aborrecen, tú que me levantas de las puertas de la muerte.”

David reconoce que Dios lo levanta de la muerte, no solo de la tristeza. Las puertas de la muerte simbolizan el final del hombre natural. Dios lo rescata porque su misericordia es vida. En Cristo, esta verdad se completa: Él nos levanta de la muerte espiritual y nos da vida eterna.

“Para que cuente yo todas tus alabanzas en las puertas de la hija de Sion, y me goce en tu salvación.”

Dios salva para que el hombre lo conozca y lo adore. La salvación produce gozo porque libera del yo, del pecado, del enemigo y de la muerte. Contar sus alabanzas es declarar lo que Él ha hecho, no lo que el hombre presume.

“Se hundieron las naciones en el hoyo que hicieron; en la red que escondieron fue tomado su pie.”

El sistema del mundo cae por su propia trampa. Todo lo que los hombres construyen desde su sabiduría vuelve contra ellos. El Reino revela un principio espiritual: lo que no nace de Dios terminará destruyéndose a sí mismo.

salmo 9

“Jehová se ha hecho conocer en el juicio que ejecutó; en la obra de sus manos fue enlazado el malo. Higaion. Selah.”

Dios se da a conocer por su juicio. La justicia no es un concepto, es una manifestación. El malo queda atrapado en lo que él mismo produjo. El juicio muestra quién es Dios y quién es el hombre.

“Los malos serán trasladados al Seol, todas las gentes que se olvidan de Dios.”

Olvidar a Dios no es descuido: es vivir sin Él. El Seol representa el destino del hombre que permanece en su propia naturaleza. Esta sentencia no es castigo emocional, es consecuencia: sin Dios no hay vida.

“Porque no para siempre será olvidado el menesteroso, ni la esperanza de los pobres perecerá perpetuamente.”

Los que no tienen nada en sí mismos —los pobres espirituales— son recordados por Dios. Su esperanza no perece porque está en el carácter de Dios, no en sus circunstancias.

“Levántate, oh Jehová; no se fortalezca el hombre; sean juzgadas las naciones delante de ti.”

David pide que Dios impida que el hombre natural se fortalezca. El Reino se establece cuando lo humano cae y lo divino prevalece. Las naciones deben ser juzgadas delante de Dios, no con criterios humanos.

“Pon, oh Jehová, temor en ellos; conozcan las naciones que no son sino hombres. Selah.”

El Reino revela la verdad: el hombre no es Dios, no tiene poder por sí mismo, no es autosuficiente. Solo en Cristo hay vida, justicia, propósito y permanencia.

salmo 9 cantado

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