Salmo 47
El Salmo 47 no es una oración íntima ni un clamor desde la aflicción. Es una proclamación pública. Aquí no se habla desde la necesidad, sino desde la certeza: Dios reina. No sobre un pueblo solamente, sino sobre toda la tierra.
Este salmo anuncia algo que en su momento era profético y que en Cristo se vuelve realidad manifiesta: el Reino de Dios no es local, ni étnico, ni limitado; es universal. Por eso el llamado no es solo a Israel, sino a todos los pueblos.
“Pueblos todos, batid las manos; Aclamad a Dios con voz de júbilo” (Salmo 47:1)
El salmo comienza con una invitación abierta: todos los pueblos. No hay exclusividad nacional ni religiosa. Aplaudir y aclamar no es mero entusiasmo; es reconocimiento de autoridad. El Reino no se recibe en silencio indiferente, sino con rendición gozosa ante quien reina de verdad.
“Porque Jehová el Altísimo es temible; Rey grande sobre toda la tierra” (Salmo 47:2)
Dios es presentado como temible y gran Rey sobre toda la tierra. No se habla de miedo irracional, sino de reverencia. Su grandeza no compite con otros poderes; los trasciende. Aquí se afirma una verdad clave: no hay soberanía paralela al Reino de Dios.
“El someterá a los pueblos debajo de nosotros, Y a las naciones debajo de nuestros pies” (Salmo 47:3)
La acción de Dios es clara: somete pueblos y naciones. Esto no describe opresión carnal, sino gobierno legítimo. El Reino avanza no por violencia humana, sino porque toda autoridad verdadera procede de Dios. En Cristo, esta sujeción se manifiesta cuando corazones y naciones reconocen su señorío.
“Él nos elegirá nuestras heredades; La hermosura de Jacob, al cual amó” (Salmo 47:4)
La heredad no es conquistada por mérito humano, sino escogida por Dios. El pueblo no se define por fuerza, sino por elección. Aquí se introduce una verdad profunda del Reino: la identidad precede a la posesión, no al revés.
“Subió Dios con júbilo, Jehová con sonido de trompeta” (Salmo 47:5)
Dios asciende entre aclamaciones. Este versículo tiene un eco directo en la exaltación de Cristo. No es una subida simbólica, sino una afirmación de entronización. El toque de trompeta señala victoria y gobierno establecido.
“Cantad a Dios, cantad; Cantad a nuestro Rey, cantad” (Salmo 47:6)
La repetición del llamado a cantar no es redundancia; es énfasis. El objeto de la alabanza es claro: Dios es Rey. El Reino no se celebra por emoción, sino por revelación de quién gobierna.
“Porque Dios es el Rey de toda la tierra; Cantad con inteligencia” (Salmo 47:7)
Aquí se explica por qué se canta con entendimiento: porque Dios reina sobre toda la tierra. La alabanza del Reino no es irracional; es consciente. Cantar con entendimiento es reconocer la verdad espiritual que sostiene todo.
“Reinó Dios sobre las naciones; Se sentó Dios sobre su santo trono” (Salmo 47:8)
Dios reina desde su trono santo. El trono no es arbitrario, es santo. Esto significa que su gobierno es justo, recto y sin corrupción. En Cristo, este trono se revela como firme y eterno.
“Los príncipes de los pueblos se reunieron Como pueblo del Dios de Abraham; Porque de Dios son los escudos de la tierra; El es muy exaltado” (Salmo 47:9-10)
El salmo culmina mostrando una escena poderosa: los gobernantes de los pueblos reunidos. El Reino no excluye a las naciones; las convoca. Todo poder humano queda subordinado al Dios Altísimo. El cierre es claro: Dios es excelso, por encima de todo dominio.
El Salmo 47 proclama que el Reino de Dios no es una idea futura ni un concepto espiritual abstracto: Dios reina ahora.
Reina sobre pueblos, naciones, gobernantes y sobre toda la tierra.
Este salmo enseña que: el Reino es universal, la alabanza nace del reconocimiento del Rey, la autoridad de Dios es justa y santa y toda soberanía humana es secundaria.
En Cristo, este salmo se cumple plenamente: Él es el Rey exaltado, entronizado sobre todo nombre, y delante de Él se reunirá toda nación.



