Salmo 48
El Salmo 48 es un canto de celebración, pero no ingenua. No nace de la ausencia de enemigos, sino de haberlos visto acercarse, temblar y huir. Este salmo proclama que la seguridad del pueblo no está en murallas, ejércitos o ubicación estratégica, sino en una sola realidad: Dios habita en medio de su ciudad.
Aquí Sion no es exaltada por sí misma, sino porque Dios la ha escogido como lugar de su presencia. El salmo no glorifica una ciudad terrenal; anuncia una verdad espiritual: donde Dios está, hay estabilidad, gobierno y futuro. En Cristo, esta realidad se revela plenamente: Él es el verdadero Sion, la presencia de Dios entre los hombres.
“Grande es Jehová, y digno de ser en gran manera alabado En la ciudad de nuestro Dios, en su monte santo. Hermosa provincia, el gozo de toda la tierra, Es el monte de Sion, a los lados del norte, La ciudad del gran Rey. En sus palacios Dios es conocido por refugio” (Salmo 48:1–3)
El salmo comienza exaltando a Dios, no a la ciudad. Sion es hermosa porque Dios la habita. Su santidad y su gozo no provienen de arquitectura ni geografía, sino de la presencia divina.
Dios es conocido como refugio no porque el peligro no exista, sino porque cuando el peligro llega, Dios se manifiesta como defensa. El Reino no se define por apariencia, sino por quién está en medio.
“Porque he aquí los reyes de la tierra se reunieron; Pasaron todos. Y viéndola ellos así, se maravillaron, Se turbaron, se apresuraron a huir. Les tomó allí temblor; Dolor como de mujer que da a luz. Con viento solano Quiebras tú las naves de Tarsis” (Salmo 48:4–7)
Los reyes se reúnen, avanzan y observan… pero no atacan. Algo ocurre cuando perciben la realidad espiritual: son tomados por temor, se estremecen y huyen. No hay batalla narrada porque no hace falta.
La imagen del viento que destroza naves muestra que el poder humano, por fuerte que parezca, no resiste el soplo de Dios. El Reino no necesita demostrar fuerza; su sola presencia desarma al adversario.
“Como lo oímos, así lo hemos visto En la ciudad de Jehová de los ejércitos, en la ciudad de nuestro Dios; La afirmará Dios para siempre. Nos acordamos de tu misericordia, oh Dios, En medio de tu templo. Conforme a tu nombre, oh Dios, Así es tu loor hasta los fines de la tierra; De justicia está llena tu diestra. Se alegrará el monte de Sion; Se gozarán las hijas de Judá Por tus juicios” (Salmo 48:8–11)
Lo que antes se había oído, ahora se ha visto. La fe pasa de tradición a experiencia. El pueblo reconoce que Dios confirma su fidelidad en la realidad, no solo en relatos del pasado.
La justicia de Dios es motivo de gozo, no de temor, para los que confían en Él. El Reino se sostiene porque Dios es justo y fiel, no porque el pueblo sea perfecto.
“Andad alrededor de Sion, y rodeadla; Contad sus torres. Considerad atentamente su antemuro, Mirad sus palacios; Para que lo contéis a la generación venidera” (Salmo 48:12–13)
El salmo invita a recorrer la ciudad, a observar sus torres y baluartes. No para presumir, sino para recordar. Las estructuras visibles sirven como testimonio de una realidad invisible: Dios ha sostenido, protegido y establecido.
Este llamado tiene un propósito claro: transmitirlo a la siguiente generación. El Reino no se guarda en secreto; se anuncia con memoria viva.
“Porque este Dios es Dios nuestro eternamente y para siempre; El nos guiará aun más allá de la muerte” (Salmo 48:14)
El salmo termina con una declaración absoluta: Dios es nuestro Dios para siempre. No solo ahora, no solo en esta victoria, sino más allá de la muerte.
Él nos guiará aun más allá del límite humano. Esta frase abre la mirada hacia la eternidad. El Reino no termina en esta vida.
En Cristo, esta verdad se hace plena: Él es Dios con nosotros ahora y guía eterno más allá de la muerte.
El Salmo 48 proclama que la seguridad del pueblo de Dios no depende de circunstancias favorables, sino de la presencia permanente de Dios.
Este salmo enseña que: Dios es grande porque habita en medio de su pueblo, el enemigo no puede resistir la presencia del Reino, la fe se confirma cuando lo oído se convierte en visto, la memoria fortalece a las generaciones y el gobierno de Dios es eterno.
En Cristo, este salmo se cumple plenamente: Él es el verdadero Sion, la presencia de Dios entre los hombres, el refugio inconmovible y el guía eterno más allá de la muerte.






