El Rey de gloria abre el camino

Salmo 24

El Salmo 24 revela una verdad fundamental que el sistema del mundo intenta ocultar: todo pertenece a Dios. No solo la creación, sino también la autoridad, el gobierno y el acceso a Su presencia. Este salmo no habla de mérito humano ni de religión, sino de quién puede estar delante de Dios y cómo Dios mismo abre el camino. Muestra que el acceso al Reino no se logra por esfuerzo, limpieza externa o identidad natural, sino por una justicia que Dios mismo concede. El salmo culmina revelando al Rey verdadero, el único que puede entrar con gloria y abrir paso a los suyos.

“De Jehová es la tierra y su plenitud; El mundo, y los que en él habitan” (Salmo 24:1)

Todo pertenece al Señor: la tierra, el mundo y los que lo habitan. Nada es propiedad del hombre, aunque el hombre crea poseerlo. Esta declaración derriba la raíz del orgullo humano: no somos dueños, somos dependientes. El Reino comienza cuando el hombre reconoce que todo tiene un solo Señor.

 

“Porque él la fundó sobre los mares, Y la afirmó sobre los ríos” (Salmo 24:2)

Dios es el fundamento de todo lo creado. Él establece, sostiene y ordena. La creación no se mantiene por equilibrio natural, sino por la voluntad constante de Dios. El mundo permanece porque Dios lo sostiene, no porque el hombre lo administre bien.

“¿Quién subirá al monte de Jehová? ¿Y quién estará en su lugar santo?” (Salmo 24:3)

Surge la gran pregunta: ¿quién puede acercarse a Dios? No se trata de ubicación física, sino de posición espiritual. No cualquiera puede estar delante del Santo. El acceso a Su presencia no es automático ni universal por nacimiento humano.

“El limpio de manos y puro de corazón; El que no ha elevado su alma a cosas vanas, Ni jurado con engaño” (Salmo 24:4)

La respuesta revela una imposibilidad humana: manos limpias y corazón puro. No basta con acciones externas; el problema está en el interior. No elevar el alma a lo falso implica no vivir para el engaño, no construir la vida sobre mentiras. El hombre natural no cumple esta condición; solo Cristo la cumple plenamente.

“El recibirá bendición de Jehová, Y justicia del Dios de salvación” (Salmo 24:5)

La bendición y la justicia vienen de Dios, no del esfuerzo humano. El que puede estar delante de Dios recibe justicia como don, no como premio. Aquí se revela el evangelio: Dios da lo que el hombre no puede producir.

“Tal es la generación de los que le buscan, De los que buscan tu rostro, oh Dios de Jacob” (Salmo 24:6)

Esta es la generación que busca a Dios, no con religión, sino con dependencia. No buscan un sistema; buscan Su rostro. Esta generación no se define por linaje natural, sino por respuesta espiritual.

Aquí el salmo cambia de tono: ya no pregunta quién puede subir… ahora anuncia quién entra.

“Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, Y alzaos vosotras, puertas eternas, Y entrará el Rey de gloria” (Salmo 24:7)

Se ordena que las puertas se levanten. No son puertas físicas; representan límites espirituales, sistemas cerrados, barreras que el hombre no puede abrir por sí mismo. El Rey de gloria se aproxima, y todo debe ceder ante Su autoridad.

“¿Quién es este Rey de gloria? Jehová el fuerte y valiente, Jehová el poderoso en batalla” (Salmo 24:8)

Se pregunta quién es ese Rey, y la respuesta es clara: el Señor fuerte y poderoso. No es un rey simbólico ni débil; es vencedor. Cristo entra no como víctima, sino como conquistador que ha vencido al pecado, a la muerte y al enemigo.

“Alzad, oh puertas, vuestras cabezas, Y alzaos vosotras, puertas eternas, Y entrará el Rey de gloria” (Salmo 24:9)

La orden se repite porque el acceso definitivo al Reino no se abre por insistencia humana, sino por la entrada del Rey. Donde Él entra, las puertas ya no pueden cerrarse.

“¿Quién es este Rey de gloria? Jehová de los ejércitos, El es el Rey de la gloria” (Salmo 24:10)

El salmo culmina revelando el nombre del Rey: el Señor de los ejércitos. No entra solo; entra con autoridad total. Él es el Rey de gloria.

No somos nosotros los que abrimos el camino hacia Dios; es Dios quien abre el camino hacia nosotros en Cristo.

El Salmo 24 no enseña cómo el hombre sube a Dios, sino cómo Dios desciende y abre el acceso. El hombre no cumple las condiciones; Cristo las cumple. El hombre no abre las puertas; el Rey las atraviesa. El acceso al Reino no es por limpieza humana, sino por la justicia que Dios concede en el Hijo. El mensaje es claro: solo el Rey de gloria puede entrar… y solo en Él entramos nosotros.

salmo cantado

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