Salmo 22
Si en el Salmo 20 se declara a quién responde Dios, y en el Salmo 21 se muestra la victoria ya asegurada, el Salmo 22 revela cómo esa victoria fue alcanzada. Aquí no hay lenguaje triunfal ni celebración visible. Todo el salmo se desarrolla desde la experiencia del abandono, del sufrimiento extremo y de la humillación absoluta del Ungido.
Este no es un salmo simbólico ni poético en sentido general. Es una descripción profética precisa de la cruz, escrita siglos antes de que existiera la crucifixión como método romano.
El Salmo 22 revela una verdad central del evangelio: la victoria no se obtuvo por poder manifiesto, sino por entrega total, no por defensa divina inmediata, sino por silencio del cielo, no por exaltación, sino por descenso hasta lo más profundo.
Solo entendiendo este salmo se puede comprender correctamente los Salmos 20 y 21.
“Dios mío, Dios mío, ¿por qué me has desamparado? ¿Por qué estás tan lejos de mi salvación, y de las palabras de mi clamor?” (Salmo 22:1)
Este no es un grito de desesperación humana, sino una declaración profética cumplida literalmente por Cristo en la cruz. El abandono no es emocional, es real. Aquí el Hijo carga con la separación que correspondía al hombre. No es falta de fe. Es el precio de la redención.
“Dios mío, clamo de día, y no respondes; Y de noche, y no hay para mí reposo.” (Salmo 22:2)
El silencio de Dios no es ausencia de amor, sino parte del plan. La salvación requería que el Hijo atravesara completamente el lugar donde el hombre estaba perdido. No hay respuesta, porque Cristo está ocupando el lugar del culpable.
“Pero tú eres santo, Tú que habitas entre las alabanzas de Israel.” (Salmo 22:3)
Aquí no hay reproche. El Hijo reconoce la santidad del Padre incluso en el abandono. Dios no dejó de ser santo para salvar. La cruz no relativiza la justicia; la satisface.
“En ti esperaron nuestros padres; Esperaron, y tú los libraste. Clamaron a ti, y fueron librados; Confiaron en ti, y no fueron avergonzados.” (Salmo 22:4-5)
Cristo se identifica con la historia de Israel, pero a la vez se diferencia: ellos fueron librados; Él no. Aquí se revela que esta vez no habrá escape, porque Él es el sacrificio.
“Mas yo soy gusano, y no hombre; Oprobio de los hombres, y despreciado del pueblo.” (Salmo 22:6)
Este es uno de los versículos más profundos del salmo. El Hijo eterno se rebaja hasta el punto más bajo de humillación. No solo es despreciado; es deshumanizado. Aquí se cumple plenamente el descenso voluntario de Cristo.
“Todos los que me ven me escarnecen; Estiran la boca, menean la cabeza, diciendo: Se encomendó a Jehová; líbrele él; Sálvele, puesto que en él se complacía.” (Salmo 22:7-8)
Las burlas son exactamente las que se pronunciaron en la cruz. El mundo interpreta el silencio de Dios como fracaso. El sistema siempre mide la verdad por el resultado visible.
“Pero tú eres el que me sacó del vientre; El que me hizo estar confiado desde que estaba a los pechos de mi madre. Sobre ti fui echado desde antes de nacer; Desde el vientre de mi madre, tú eres mi Dios.” (Salmo 22:9-10)
Aquí se afirma la relación eterna entre el Padre y el Hijo. El abandono no rompe la filiación. Cristo no deja de ser Hijo por cargar con el pecado.
“No te alejes de mí, porque la angustia está cerca; Porque no hay quien ayude. Me han rodeado muchos toros; Fuertes toros de Basán me han cercado. Abrieron sobre mí su boca Como león rapaz y rugiente.” (Salmo 22:11-13)
La imagen es de violencia, opresión y poder descontrolado. Cristo está rodeado por fuerzas humanas y espirituales. No hay ayuda, porque Él es la ayuda de Dios para el mundo.
“He sido derramado como aguas, Y todos mis huesos se descoyuntaron; Mi corazón fue como cera, Derritiéndose en medio de mis entrañas. Como un tiesto se secó mi vigor, Y mi lengua se pegó a mi paladar, Y me has puesto en el polvo de la muerte.” (Salmo 22:14-15)
La descripción física es exacta. Este no es simbolismo: es crucifixión. La expresión “me has puesto” es clave: Dios no pierde control; entrega al Hijo.
“Porque perros me han rodeado; Me ha cercado cuadrilla de malignos; Horadaron mis manos y mis pies.” (Salmo 22:16)
Este versículo es irrefutable. Describe con precisión algo desconocido en tiempos de David. Cristo es clavado. La profecía se cumple literalmente.
“Contar puedo todos mis huesos; Entre tanto, ellos me miran y me observan. Repartieron entre sí mis vestidos, Y sobre mi ropa echaron suertes.” (Salmo 22:17-18)
El salmo entra en detalles históricos exactos. Nada es casual. La cruz no fue improvisación; fue cumplimiento absoluto.
“Mas tú, Jehová, no te alejes; Fortaleza mía, apresúrate a socorrerme.” (Salmo 22:19)
Aquí comienza el giro. No cambia la escena, pero cambia el enfoque. El clamor no es por escape, sino por consumación.
“Libra de la espada mi alma, Del poder del perro mi vida. Sálvame de la boca del león, Y líbrame de los cuernos de los búfalos.” (Salmo 22:20-21)
Este clamor no se responde evitando la muerte, sino atravesándola y venciendo desde dentro.
“Anunciaré tu nombre a mis hermanos; En medio de la congregación te alabaré.” (Salmo 22:22)
Aquí ocurre la resurrección. El salmo cambia completamente de tono. El que estaba abandonado ahora anuncia vida.
“Los que teméis a Jehová, alabadle; Glorificadle, descendencia toda de Jacob, Y temedle vosotros, descendencia toda de Israel. Porque no menospreció ni abominó la aflicción del afligido, Ni de él escondió su rostro; Sino que cuando clamó a él, le oyó.” (Salmo 22:23-24)
El abandono no fue rechazo eterno. Fue paso necesario para la redención. Dios oyó al Hijo, pero después de la cruz.
“De ti será mi alabanza en la gran congregación; Mis votos pagaré delante de los que le temen. Comerán los humildes, y serán saciados; Alabarán a Jehová los que le buscan; Vivirá vuestro corazón para siempre.” (Salmo 22:25-26)
La salvación ahora se extiende a otros. La vida del Rey se convierte en alimento para muchos.
“Se acordarán, y se volverán a Jehová todos los confines de la tierra, Y todas las familias de las naciones adorarán delante de ti. Porque de Jehová es el reino, Y él regirá las naciones.” (Salmo 22:27-28)
La cruz tiene alcance universal. No es un evento local, sino cósmico. El reino se establece no por fuerza, sino por sacrificio.
“Comerán y adorarán todos los poderosos de la tierra; Se postrarán delante de él todos los que descienden al polvo, Aun el que no puede conservar la vida a su propia alma. La posteridad le servirá; Esto será contado de Jehová hasta la postrera generación. Vendrán, y anunciarán su justicia; A pueblo no nacido aún, anunciarán que él hizo esto.” (Salmo 22:29-31)
La frase final es clave: “él hizo esto”. No el hombre. No el sistema. No la religión. Dios lo hizo todo en el Hijo.
El Salmo 22 revela que la victoria proclamada en los Salmos 20 y 21 solo fue posible porque el Ungido descendió hasta el abandono total. Aquí nace el evangelio verdadero: justicia sin obras, victoria sin esfuerzo, vida a través de la muerte. No hay gloria sin cruz. No hay reino sin entrega. Y no hay salvación fuera de Cristo.






