Salmo 11
El Salmo 11 muestra el contraste radical entre la mirada del hombre natural, dominado por el miedo y la lógica de la carne, y la mirada del renacido, que sabe que el Señor es su único fundamento. David recibe consejos humanos para huir, para esconderse, para protegerse mediante estrategias propias. Pero él afirma lo único que sostiene al justo: “En Jehová he confiado”.
Este salmo expone una realidad espiritual eterna:
Cuando el sistema se derrumba, cuando los fundamentos visibles desaparecen, el justo no huye. No porque sea fuerte, sino porque su fundamento no está en la tierra, sino en el trono de Dios. El hombre influenciado por la carne busca escapar; el que ha sido recibido por Cristo permanece, porque sabe que todo juicio, justicia y seguridad están en Dios, no en sí mismo.
“En Jehová he confiado; ¿Cómo decís a mi alma, Que escape al monte cual ave?” (Salmo 11:1)
David establece el fundamento: la confianza no es una emoción, ni una decisión mental, sino una posición espiritual. Él no huye porque su vida no depende de sí mismo.
La carne siempre propone la huida: “Escapa, protégente, desaparece, salva tu vida”.
Pero el renacido sabe que la vida no está en huir, sino en permanecer en Aquel que es la vida.
Este verso revela también la tensión entre dos voces:
La voz humana que aconseja protegerse…
y la voz del Espíritu que afirma la confianza absoluta en Dios.
“Porque he aquí, los malos tienden el arco, Disponen sus saetas sobre la cuerda, Para asaetear en oculto a los rectos de corazón” (Salmo 11:2)
El enemigo actúa desde lo oculto, desde la estrategia, desde la sombra.
Aquí se ve la naturaleza del sistema: la maldad opera sin transparencia.
Pero este ataque solo desenmascara una verdad mayor:
los rectos de corazón no están indefensos, aunque la amenaza sea real.
El Reino no niega la existencia del mal; revela que el mal no puede tocar al justo sin permiso del trono.
“Si fueren destruidos los fundamentos, ¿Qué ha de hacer el justo?” (Salmo 11:3)
Los fundamentos visibles del mundo se desmoronan. Las estructuras humanas, las seguridades naturales, todo cae.
La pregunta no es una duda, sino una revelación:
el justo no depende de esos fundamentos.
Lo que sostiene al justo no es lo que el mundo construye, sino lo que Dios ha establecido eternamente.
Cuando los fundamentos terrenales se destruyen, el justo sigue firme porque sus fundamentos nunca estuvieron aquí.
“Jehová está en su santo templo; Jehová tiene en el cielo su trono; Sus ojos ven, sus párpados examinan a los hijos de los hombres” (Salmo 11:4)
Este es el centro del salmo:
Mientras en la tierra todo se tambalea, el trono no se ha movido.
La carne mira la amenaza; el espíritu mira el trono.
Los ojos de Dios no observan desde lejos: examinar significa probar, revelar lo que hay dentro del corazón.
El sistema cree que domina mediante la presión; pero toda presión queda bajo la mirada del trono.
Dios no mira como el hombre: Él atraviesa la apariencia y llega a la raíz.
“Jehová prueba al justo; Pero al malo y al que ama la violencia, su alma los aborrece” (Salmo 11:5)
La prueba no es castigo; es revelación.
Prueba al justo no para destruirlo, sino para manifestar lo que Él mismo ha puesto en él.
El malo ama la violencia porque su corazón está unido a la carne.
David no está hablando de moralidad, sino de naturaleza:
El que no ha sido renacido ama lo que Dios aborrece.
El que ha sido recibido por Cristo ama lo que procede del trono.
Aquí se expone una separación absoluta entre dos naturalezas.
“Sobre los malos hará llover calamidades; Fuego, azufre y viento abrasador será la porción del cáliz de ellos” (Salmo 11:6)
Dios responde al mal, no con indiferencia, sino con justicia.
Este lenguaje no es meramente poético: revela la seriedad del juicio eterno.
Fuego, azufre, viento abrasador:
No son metáforas del castigo presente, sino figuras del destino final de todo lo que se mantiene en rebelión contra Dios.
Mientras el justo se sostiene en el trono, el malo recibe la consecuencia de su naturaleza.
“Porque Jehová es justo, y ama la justicia; El hombre recto mirará su rostro” (Salmo 11:7)
Este cierre es una promesa eterna:
El justo no solo será guardado, sino que verá el rostro de Dios.
La expresión “mirará su rostro” habla de comunión, aceptación y relación verdadera.
No se trata de recompensa por buen comportamiento, sino del resultado natural de haber sido recibido por Cristo.
El justo no huye, no teme, no se esconde, porque su destino no es sobrevivir, sino ver a Dios.






