Salmo 10
El Salmo 10 expone la ilusión más fuerte del mundo caído: que Dios calla, que el mal triunfa y que el impío puede vivir sin consecuencias. Pero también revela la verdad del Reino: Dios ve, Dios escucha, Dios conoce y Dios actúa. La aparente impunidad del mal es solo temporal; el juicio de Dios es inevitable, y su cuidado hacia los que confían en Él es absoluto. Este salmo nos enseña a interpretar la realidad no desde el ruido del mundo, sino desde la soberanía del Dios que reina, protege y hace justicia en su tiempo perfecto.
“¿Por qué estás lejos, oh Jehová, y te escondes en el tiempo de la tribulación?” (Salmo 10:1)
Surge la pregunta que nace cuando la vida duele: por qué Dios parece lejos en tiempos de angustia. No es rebelión, es honestidad humana. Cuando la presión aumenta, el alma siente distancia, aunque Dios nunca se ha movido. La sensación de silencio no revela ausencia, sino nuestra incapacidad natural de ver lo que Él ya está obrando.
“Con arrogancia el malo persigue al pobre; será atrapado en los artificios que ha ideado”. (Salmo 10:2)
El impío avanza desde su orgullo, persigue al débil y se exalta en su propio deseo. Su fuerza nace de su propia corrupción, y por eso cae en la misma trampa que construye. El orgullo siempre es destructivo: ciega, endurece y prepara su propia ruina.
“Porque el malo se jacta del deseo de su alma, bendice al codicioso, y desprecia a Jehová”. (Salmo 10:3)
Exalta su propia maldad y se gloría en lo que debería avergonzarlo. Su corazón celebra lo que lo destruye. El hombre que vive separado de Dios termina llamando bien al mal, porque su referencia es él mismo.
“El malo, por la altivez de su rostro, no busca a Dios; No hay Dios en ninguno de sus pensamientos.” (Salmo 10:4)
La soberbia lo lleva a vivir como si Dios no existiera. No busca a Dios porque se considera suficiente. Aquí aparece el núcleo del pecado: la autosuficiencia, la vida sin dependencia, la ilusión de control. Esa actitud lo separa completamente de la luz.
“Sus caminos son torcidos en todo tiempo; Tus juicios los tiene muy lejos de su vista; A todos sus adversarios desprecia.” (Salmo 10:5)
Sus caminos parecen prosperar. Todo le funciona. Nada lo detiene. Pero esa prosperidad es engañosa; la justa sentencia de Dios ya está puesta sobre su maldad. Su aparente estabilidad es solo una pausa antes del colapso.
“Dice en su corazón: No seré movido jamás; Nunca me alcanzará el infortunio.” (Salmo 10:6)
Se convence de que nada lo moverá. Cree que su fuerza, su inteligencia y sus decisiones lo sostienen. La seguridad del impío es falsa; descansa en un suelo que tarde o temprano se quiebra.
“Llena está su boca de maldición, y de engaños y fraude; Debajo de su lengua hay vejación y maldad.” (Salmo 10:7)
Su boca es instrumento de destrucción: maldición, fraude, violencia. Sus palabras están alineadas con el corazón que las produce. Lo que habla revela lo que es. La lengua del hombre sin Dios es una fuente de daño constante.
“Se sienta en acecho cerca de las aldeas; En escondrijos mata al inocente. Sus ojos están acechando al desvalido”. (Salmo 10:8)
Se esconde para atacar. Observa las debilidades ajenas y actúa desde la sombra. La maldad no siempre es ruidosa; muchas veces es calculada, silenciosa y estratégica. El mal acecha esperando la oportunidad.
“Acecha en oculto, como el león desde su cueva; Acecha para arrebatar al pobre; Arrebata al pobre trayéndolo a su red.” (Salmo 10:9)
Actúa como un león que se abalanza sobre el indefenso, confiado en que nadie lo ve. No percibe que sus actos lo están llevando a su propia destrucción. El cazador no sabe que él mismo está siendo observado por Dios.
“Se encoge, se agacha, Y caen en sus fuertes garras muchos desdichados.” (Salmo 10:10)
Los débiles caen bajo su violencia. Aprovecha la fragilidad ajena y la convierte en ventaja para sí mismo. El pecado siempre se ensaña con el que no tiene fuerzas. La injusticia del mundo nace de este mismo espíritu.
“Dice en su corazón: Dios ha olvidado; Ha encubierto su rostro; nunca lo verá.” (Salmo 10:11)
Cree que Dios ha olvidado. Piensa que nada será juzgado. Vive como si el cielo estuviera vacío. Esta es la gran mentira que sostiene al impío: confundir el silencio de Dios con indiferencia, cuando en realidad es misericordia antes del juicio.
“Levántate, oh Jehová Dios, alza tu mano; No te olvides de los pobres.” (Salmo 10:12)
La súplica pide a Dios que se levante y actúe. Es la confesión de que solo su mano puede romper la arrogancia humana. La esperanza no está en la fuerza del justo, sino en la intervención divina que pone orden en el caos.
“¿Por qué desprecia el malo a Dios? En su corazón ha dicho: Tú no lo inquirirás.” (Salmo 10:13)
El impío desprecia a Dios porque cree que no habrá consecuencias. La raíz de su desprecio es la falsa seguridad: piensa que nunca dará cuentas. Pero su misma actitud confirma el juicio que le espera.
“Tú lo has visto; porque miras el trabajo y la vejación, para dar la recompensa con tu mano; A ti se acoge el desvalido; Tú eres el amparo del huérfano.” (Salmo 10:14)
Dios ve. Dios observa cada obra, cada daño, cada injusticia. La aflicción no pasa desapercibida; Él la toma en sus manos. El débil encuentra refugio en Él porque Dios se convierte en su defensor. Los huérfanos, los olvidados y los quebrados son atendidos por su mirada.
“Quebranta tú el brazo del inicuo, Y persigue la maldad del malo hasta que no halles ninguna.” (Salmo 10:15)
El brazo del impío es quebrado. Su fuerza es deshecha. Sus planes terminan. Dios destruye la raíz de su maldad. Lo que parecía sólido se reduce a nada cuando Dios interviene. No queda espacio para su orgullo.
“Jehová es Rey eternamente y para siempre; De su tierra han perecido las naciones.” (Salmo 10:16)
El Señor reina para siempre. Su reino no cambia ni se debilita. Las naciones, los sistemas humanos, los poderes del mundo, todos terminan, pero su gobierno permanece. Esta es la seguridad del renacido: el trono de Dios no se mueve.
“El deseo de los humildes oíste, oh Jehová; Tú dispones su corazón, y haces atento tu oído” (Salmo 10:17)
Los humildes, los que claman, los que esperan, no son olvidados. Su oración llega al trono y es escuchada. La esperanza que tienen no nace de ellos, sino del carácter de Dios: Él guarda, atiende y responde.
“Para juzgar al huérfano y al oprimido, a fin de que no vuelva más a hacer violencia el hombre de la tierra.” (Salmo 10:18)
El débil no quedará abandonado. Dios defiende al oprimido y establece su justicia. El hombre natural no tendrá la última palabra; la tendrá Dios. La tierra sabrá que el hombre es solo hombre y que Dios es el único Rey.






