Salmo 8
El Salmo 8 nos lleva a contemplar la grandeza de Dios y el lugar que Él ha dado al hombre, no como exaltación del ser humano, sino como revelación del propósito eterno en Cristo. Este salmo no celebra la gloria del hombre natural, sino la dignidad restaurada del hombre en el Hijo, el único que verdaderamente refleja la imagen de Dios. Aquí se muestra la diferencia entre el hombre caído —débil, limitado, centrado en sí mismo— y el Hombre perfecto, Cristo, en quien todo encuentra su sentido. Es un salmo de adoración, de asombro y de revelación del Reino.
“¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán glorioso es tu nombre en toda la tierra! Has puesto tu gloria sobre los cielos.”
El salmista comienza levantando la mirada. No mira la tierra para comprender a Dios; mira a Dios para entender la tierra. La gloria de Dios no depende del hombre ni de su percepción, está establecida “sobre los cielos”, es decir, en una posición absoluta, intocable. En el Reino, todo comienza aquí: Dios es glorioso sin necesitar nada del hombre. El verdadero evangelio empieza con Dios, no con nosotros.
“De la boca de los niños y de los que maman fundaste la fortaleza a causa de tus enemigos, para hacer callar al enemigo y al vengativo.”
Dios manifiesta su fuerza a través de la debilidad. No necesita guerreros, ni poder humano, ni estrategias terrenales. Su fortaleza aparece en lo que el mundo considera pequeño, frágil o inútil. Así actúa el Reino: lo débil de Dios es más fuerte que los hombres. Y esa fortaleza hace callar al enemigo, porque el diablo no puede comprender ni resistir lo que nace de Dios y no del hombre.
“Cuando veo tus cielos, obra de tus dedos, la luna y las estrellas que tú formaste,”
Esta es la revelación correcta del espíritu renacido: contemplar la obra de Dios despierta humildad, no orgullo. El universo apunta a la grandeza del Creador, no del hombre. El alma natural, cuando se sabe pequeña, se desespera; pero el espíritu renacido, cuando se sabe pequeño, adora. Todo lo creado testifica de la sabiduría y poder de Dios.
“Digo: ¿Qué es el hombre, para que tengas de él memoria, y el hijo del hombre, para que lo visites?”
La pregunta no exalta al hombre; expone su pequeñez. David se sorprende de que el Dios del universo se interese por un ser tan limitado. El hombre natural, separado de Dios, no es grande ni importante; es polvo. Pero Dios lo visita, no porque lo merezca, sino porque ya tenía en su propósito eterno al Hombre verdadero: Cristo. El valor del hombre no está en sí mismo, sino en que Dios había determinado reunir todas las cosas en el Hijo.
“Le has hecho poco menor que los ángeles, y lo coronaste de gloria y de honra.”
Está hablando de Cristo, no del hombre natural. Adán perdió la honra; Cristo la recuperó. El hombre fue creado para reflejar la gloria de Dios, pero solo Cristo lo hizo perfectamente. En Hebreos 2, el Espíritu aclara que este pasaje habla de Jesús, coronado de gloria después de su padecimiento. Por eso, la verdadera dignidad del hombre está solo en Cristo, no en el yo.
“Le hiciste señorear sobre las obras de tus manos; todo lo pusiste debajo de sus pies,”
El dominio original fue entregado a Adán, pero él lo perdió por su caída. Cristo, el segundo Adán, lo recuperó totalmente. Todo está sujeto a Jesús, y solo en Él el hombre vuelve a ocupar el lugar para el cual fue creado. El Reino no exalta al hombre carnal, sino al Hombre celestial. El gobierno de Cristo es el que restaura el propósito.
“Ovejas y bueyes, todo ello, y asimismo las bestias del campo,”
“Las aves de los cielos y los peces del mar; todo cuanto pasa por los senderos del mar.”
Toda la creación fue puesta bajo el gobierno del Hombre según el diseño de Dios, pero ese Hombre es Cristo. El dominio no es explotación ni control desde la carne; es sujeción de todas las cosas bajo la vida del Hijo. Esto será plenamente visible en la restauración final, cuando Cristo reine abiertamente, pero ya es una realidad espiritual para los que están en Él.
“¡Oh Jehová, Señor nuestro, cuán grande es tu nombre en toda la tierra!”
El salmo termina como empezó: con adoración. No termina hablando del hombre, sino hablando de Dios. La creación, el propósito, la dignidad y el dominio tienen un único centro: el nombre del Señor. En el Reino, la verdadera revelación siempre regresa a Él, no al hombre. La gloria no es nuestra; es suya. El dominio no es nuestro; es del Hijo. La honra no es del yo; es de Cristo.
El Salmo 8 no exalta al hombre natural, sino al propósito eterno de Dios revelado en Cristo. El hombre, por sí mismo, no tiene gloria, poder ni dominio. Pero Cristo, el Hombre perfecto, recibe todo, y en Él se restaura lo que Adán perdió. Este salmo es un canto de asombro: Dios es tan grande que se acerca al hombre, y tan fiel que cumple en Cristo todo lo que el hombre no pudo cumplir por sí mismo.





