Salmo 68
El Salmo 68 es uno de los más intensos y majestuosos de todo el libro de los Salmos. Aquí no encontramos un lamento personal ni una súplica privada, sino una proclamación poderosa del movimiento de Dios en la historia. El salmo presenta a Dios como Rey guerrero, libertador, proveedor y finalmente como Aquel que asciende en triunfo.
Este no es un texto estático. Está lleno de acción. Dios se levanta, dispersa enemigos, conduce a su pueblo, habita entre ellos y establece su gobierno. El mensaje es claro: el Reino no es una idea abstracta, es una realidad en movimiento.
El salmo combina tres dimensiones fundamentales: la derrota del mal, el cuidado del vulnerable y el establecimiento de la presencia divina en medio del pueblo.
“Levántese Dios, sean esparcidos sus enemigos, Y huyan de su presencia los que le aborrecen. Como es lanzado el humo, los lanzarás; Como se derrite la cera delante del fuego, Así perecerán los impíos delante de Dios. Mas los justos se alegrarán; se gozarán delante de Dios, Y saltarán de alegría” (Salmo 68:1–3)
El salmo comienza con una declaración contundente: “Levántese Dios, sean esparcidos sus enemigos.” No es el hombre quien toma la iniciativa; es Dios quien se levanta.
Cuando Dios se manifiesta, el mal no necesita ser negociado, simplemente se dispersa. La imagen del humo que se disipa y de la cera que se derrite muestra la fragilidad del poder contrario frente a la presencia divina.
En contraste, los justos se alegran. El avance del Reino produce gozo en quienes esperan en Dios.
“Cantad a Dios, cantad salmos a su nombre; Exaltad al que cabalga sobre los cielos. JAH es su nombre; alegraos delante de él. Padre de huérfanos y defensor de viudas Es Dios en su santa morada. Dios hace habitar en familia a los desamparados; Saca a los cautivos a prosperidad; Mas los rebeldes habitan en tierra seca” (Salmo 68:4–6)
Se llama a cantar al que cabalga sobre los cielos. No es una figura local ni limitada; es soberano sobre todo.
Pero lo sorprendente es cómo se describe su carácter: padre de huérfanos, defensor de viudas, quien da familia al desamparado y libertad al cautivo. El Rey no es distante ni tiránico; es justo y protector.
Aquí se revela que el poder del Reino no es opresión, sino restauración.
“Oh Dios, cuando tú saliste delante de tu pueblo, Cuando anduviste por el desierto,La tierra tembló; También destilaron los cielos ante la presencia de Dios; Aquel Sinaí tembló delante de Dios, del Dios de Israel. Abundante lluvia esparciste, oh Dios; A tu heredad exhausta tú la reanimaste. Los que son de tu grey han morado en ella; Por tu bondad, oh Dios, has provisto al pobre” (Salmo 68:7–10)
El salmo recuerda el paso por el desierto y la manifestación en el Sinaí. La tierra tembló, los cielos destilaron. La presencia de Dios no fue simbólica; fue real y poderosa.
Dios no solo liberó; caminó con su pueblo. Y cuando el pueblo estuvo cansado, envió lluvia abundante para restaurarlo.
El Reino no abandona en el proceso. Acompaña y sostiene.
“El Señor daba palabra; Había grande multitud de las que llevaban buenas nuevas. Huyeron, huyeron reyes de ejércitos, Y las que se quedaban en casa repartían los despojos. Bien que fuisteis echados entre los tiestos, Seréis como alas de paloma cubiertas de plata, Y sus plumas con amarillez de oro. Cuando esparció el Omnipotente los reyes allí, Fue como si hubiese nevado en el monte Salmón” (Salmo 68:11–14)
Dios da palabra y las mujeres anuncian la victoria. La derrota del enemigo no es silenciosa; se convierte en proclamación pública.
La imagen de reyes huyendo subraya que el poder humano no resiste el avance divino.
“Monte de Dios es el monte de Basán; Monte alto el de Basán. ¿Por qué observáis, oh montes altos, Al monte que deseó Dios para su morada? Ciertamente Jehová habitará en él para siempre. Los carros de Dios se cuentan por veintenas de millares de millares; El Señor viene del Sinaí a su santuario. Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad, Tomaste dones para los hombres, Y también para los rebeldes, para que habite entre ellos JAH Dios” (Salmo 68:15–18)
El salmo exalta el monte que Dios escogió para habitar. No es el más alto geográficamente, sino el elegido por Su voluntad.
El versículo 18 es central: “Subiste a lo alto, cautivaste la cautividad.” Aquí se anticipa un triunfo que trasciende lo histórico. La ascensión no es retirada, es proclamación de victoria.
El Reino no solo vence; asciende y establece dominio.
“Bendito el Señor; cada día nos colma de beneficios El Dios de nuestra salvación. Dios, nuestro Dios ha de salvarnos, Y de Jehová el Señor es el librar de la muerte. Ciertamente Dios herirá la cabeza de sus enemigos, La testa cabelluda del que camina en sus pecados. El Señor dijo: De Basán te haré volver; Te haré volver de las profundidades del mar; Porque tu pie se enrojecerá de sangre de tus enemigos, Y de ella la lengua de tus perros” (Salmo 68:19–23)
Se declara que Dios lleva nuestras cargas cada día. No es un libertador ocasional, sino constante.
La salvación no es evento aislado; es provisión continua.
“Vieron tus caminos, oh Dios; Los caminos de mi Dios, de mi Rey, en el santuario. Los cantores iban delante, los músicos detrás; En medio las doncellas con panderos. Bendecid a Dios en las congregaciones; Al Señor, vosotros de la estirpe de Israel. Allí estaba el joven Benjamín, señoreador de ellos, Los príncipes de Judá en su congregación, Los príncipes de Zabulón, los príncipes de Neftalí” (Salmo 68:24–27)
Se describe una procesión festiva. El pueblo reconoce públicamente el gobierno de Dios.
El Reino no es privado ni escondido; se manifiesta.
“Tu Dios ha ordenado tu fuerza; Confirma, oh Dios, lo que has hecho para nosotros. Por razón de tu templo en Jerusalén Los reyes te ofrecerán dones. Reprime la reunión de gentes armadas, La multitud de toros con los becerros de los pueblos, Hasta que todos se sometan con sus piezas de plata; Esparce a los pueblos que se complacen en la guerra. Vendrán príncipes de Egipto; Etiopía se apresurará a extender sus manos hacia Dios” (Salmo 68:28–31)
Se anuncia que naciones extranjeras traerán tributo. El dominio de Dios no es regional.
El llamado final es que los reinos de la tierra canten a Dios. La visión se vuelve global.
“Reinos de la tierra, cantad a Dios, Cantad al Señor; Al que cabalga sobre los cielos de los cielos, que son desde la antigüedad; He aquí dará su voz, poderosa voz. Atribuid poder a Dios; Sobre Israel es su magnificencia, Y su poder está en los cielos. Temible eres, oh Dios, desde tus santuarios; El Dios de Israel, él da fuerza y vigor a su pueblo. Bendito sea Dios” (Salmo 68:32–35)
El salmo culmina con una proclamación de poder y majestad. Dios es temible, pero también da fuerza y vigor a su pueblo.
El Reino no solo gobierna; capacita.
El Salmo 68 revela a un Dios activo, victorioso y compasivo. Se levanta contra el mal, protege al vulnerable, camina con su pueblo y establece su presencia en medio de ellos.
Este salmo enseña que: cuando Dios se levanta, el mal se disipa, el poder verdadero protege al débil, la presencia divina transforma el desierto, la victoria pertenece a Dios y el Reino avanza hasta alcanzar a las naciones
El Reino no es pasivo. Es movimiento continuo bajo el gobierno de Dios.
En Cristo, el Salmo 68 alcanza su expresión más plena. Él es quien se levantó contra el poder del pecado y la muerte. Él es quien ascendió a lo alto, llevando cautiva la cautividad. Él es quien da dones y fuerza a su pueblo.
La cruz fue batalla. La resurrección fue victoria. La ascensión fue proclamación.
En Cristo, el Reino no solo avanza: se establece eternamente.






