Salmo 43
El Salmo 43 retoma exactamente el mismo clamor del Salmo 42, pero con un giro decisivo. Si antes el alma hablaba de su sed y abatimiento, ahora se atreve a pedir dirección. Ya no solo expresa dolor; pide luz, verdad y restauración de la comunión.
Este salmo muestra un avance espiritual claro: el alma deja de girar solo alrededor de su tristeza y comienza a apelar al carácter de Dios. No pide emociones nuevas, sino luz para caminar y verdad para volver al lugar correcto.
En el Reino, la salida del abatimiento no viene por evasión, sino por reorientación. En Cristo, este salmo encuentra su cumplimiento pleno: Él es la luz enviada por Dios y la verdad que nos conduce de vuelta al Padre.
“Júzgame, oh Dios, y defiende mi causa; Líbrame de gente impía, y del hombre engañoso e inicuo” (Salmo 43:1)
El clamor es directo: justicia y defensa. No frente a un enemigo débil, sino frente a una nación injusta, a un sistema torcido. El problema no es solo personal; es espiritual y estructural. El alma siente que vive rodeada de mentira y engaño, y pide que Dios intervenga como juez.
“Pues que tú eres el Dios de mi fortaleza, ¿por qué me has desechado? ¿Por qué andaré enlutado por la opresión del enemigo?” (Salmo 43:2)
Aquí aparece una tensión profunda: Dios es fortaleza, pero aun así el alma se siente rechazada. No hay contradicción, hay honestidad. La fe verdadera puede convivir con preguntas difíciles. El salmista no duda de quién es Dios, pero sí expresa cómo se siente delante de Él.
“Envía tu luz y tu verdad; éstas me guiarán; Me conducirán a tu santo monte, Y a tus moradas” (Salmo 43:3)
Este es el centro del salmo. La petición no es “sácame de aquí” sin más, sino: envía tu luz y tu verdad. La salida no está en cambiar el entorno, sino en ser guiado correctamente. La luz revela el camino; la verdad sostiene los pasos. El objetivo final no es alivio, es volver a la presencia de Dios.
“Entraré al altar de Dios, Al Dios de mi alegría y de mi gozo; Y te alabaré con arpa, oh Dios, Dios mío” (Salmo 43:4)
El destino de la luz y la verdad es claro: el altar de Dios. El gozo no nace de la mejora de las circunstancias, sino de la restauración de la comunión. El salmista no busca entretenimiento espiritual, busca reencontrarse con la fuente del gozo.
“¿Por qué te abates, oh alma mía, Y por qué te turbas dentro de mí? Espera en Dios; porque aún he de alabarle, Salvación mía y Dios mío” (Salmo 43:5)
El salmo cierra igual que el 42: diálogo con el alma. Pero ahora hay un matiz nuevo. La esperanza no es abstracta; está anclada en una petición concreta que ya ha sido formulada. El alma sigue abatida, pero ya no está perdida. La alabanza futura vuelve a ser declarada por fe.
El Salmo 43 enseña que el abatimiento no se vence ignorándolo, sino dejándose guiar por la luz y la verdad de Dios.
El alma no necesita solo consuelo; necesita dirección.
Este salmo revela que: la justicia de Dios sigue siendo refugio, la sensación de rechazo no anula la fe, la luz y la verdad son el camino de regreso, y la esperanza se reafirma hablando al alma.
En Cristo, este salmo se cumple plenamente: Él es la luz enviada, la verdad que guía, y el camino que nos devuelve a la comunión con el Padre, aun cuando el alma esté abatida.






