Salmo 35
El Salmo 35 expone una de las realidades más incómodas del Reino: el justo puede ser odiado, perseguido y atacado sin haber hecho mal alguno. Este salmo no trata de conflictos comunes ni de enemistades circunstanciales; habla de una hostilidad profunda, injustificada y persistente. Aquí el problema no es un error del justo, sino la reacción del sistema frente a la verdad.
David no intenta defender su reputación ni justificar su conducta ante los hombres. Lleva la causa directamente a Dios. Esto revela una comprensión espiritual madura: la injusticia real no se resuelve con argumentos humanos, sino con la intervención del Juez justo.
Este salmo encuentra su cumplimiento más claro en Cristo. Él fue el Justo por excelencia, odiado sin causa, acusado falsamente, traicionado y expuesto públicamente. El Salmo 35 no es solo la oración de David; es una anticipación del camino del Hijo y, por extensión, de todos los que caminan en Él.
“Disputa, oh Jehová, con los que contra mí contienden; Pelea contra los que me combaten” (Salmo 35:1)
El clamor no pide fuerza personal ni habilidad para defenderse. Se pide a Dios que tome la causa como propia. Esto revela un principio esencial del Reino: el justo no se defiende a sí mismo cuando la causa es injusta. Defenderse desde el yo suele contaminar la verdad; entregarla a Dios la preserva.
Aquí no hay pasividad, sino fe activa. Pedir que Dios pelee no es huir del conflicto, es reconocer quién tiene la autoridad real para resolverlo.
“Echa mano al escudo y al pavés, Y levántate en mi ayuda” (Salmo 35:2)
Las imágenes de escudo y adarga muestran que la defensa verdadera no comienza atacando, sino siendo cubierto. Dios no entra primero como agresor, sino como protector. El Reino no opera desde la violencia reactiva, sino desde la seguridad que Dios provee al que confía.
“Saca la lanza, cierra contra mis perseguidores; Dí a mi alma: Yo soy tu salvación” (Salmo 35:3)
La petición no es solo externa, es interna: “di a mi alma: Yo soy tu salvación”. El alma necesita oír la verdad cuando todo alrededor acusa. Aquí se revela que la mayor batalla no siempre es contra el enemigo, sino contra el desaliento interior. La salvación comienza cuando el alma vuelve a escuchar la voz correcta.
“Sean avergonzados y confundidos los que buscan mi vida; Sean vueltos atrás y avergonzados los que mi mal intentan” (Salmo 35:4)
La confusión de los enemigos no es venganza emocional, es consecuencia espiritual. El que maquina maldad termina perdiendo dirección. La verdad, cuando se mantiene firme, expone y desordena la mentira. El Reino no necesita aplastar al mal; le basta con dejarlo sin fundamento.
“Sean como el tamo delante del viento, Y el ángel de Jehová los acose” (Salmo 35:5)
El mal es comparado con paja llevada por el viento. Aunque parezca firme, carece de peso real. El ángel del Señor representa la autoridad divina ejecutando juicio. Aquí se afirma que el mal no se sostiene por sí mismo cuando Dios interviene.
“Sea su camino tenebroso y resbaladizo, Y el ángel de Jehová los persiga” (Salmo 35:6)
El camino oscuro y resbaladizo describe la trayectoria del que persigue al justo. No es que Dios empuje arbitrariamente; es que la ausencia de luz produce caída. Vivir sin verdad conduce inevitablemente a la pérdida de estabilidad.
“Porque sin causa escondieron para mí su red en un hoyo; Sin causa cavaron hoyo para mi alma” (Salmo 35:7)
La injusticia queda claramente expuesta: no hubo causa. Esta afirmación es clave. No hay error que corregir ni culpa que asumir. El ataque nace del corazón del perseguidor, no del comportamiento del justo. Este versículo apunta directamente a Cristo: odiado sin causa, rechazado sin motivo.
“Véngale el quebrantamiento sin que lo sepa, Y la red que él escondió lo prenda; Con quebrantamiento caiga en ella” (Salmo 35:8)
El principio del Reino se manifiesta con claridad: el mal cae en su propia trampa. No porque el justo la active, sino porque la mentira siempre termina volviéndose contra quien la produce. Dios no necesita inventar castigos; deja que la verdad actúe.
“Entonces mi alma se alegrará en Jehová; Se regocijará en su salvación” (Salmo 35:9)
El gozo del justo no nace de ver caer al enemigo, sino de ver actuar a Dios. La alegría no está en la derrota ajena, sino en la salvación recibida. Esta distinción es crucial: el Reino no se alimenta de venganza, sino de gratitud.
“Todos mis huesos dirán: Jehová, ¿quién como tú, Que libras al afligido del más fuerte que él, Y al pobre y menesteroso del que le despoja?” (Salmo 35:10)
El reconocimiento final cierra este primer bloque: nadie es como Dios. Él defiende al débil, al pobre, al que no puede sostenerse solo. El Reino invierte los valores del mundo: no protege al más fuerte, sino al más necesitado.
“Se levantan testigos malvados; De lo que no sé me preguntan” (Salmo 35:11)
Se levantan testigos falsos. No preguntan para entender, sino para acusar. La mentira se organiza y se reviste de legalidad. Aquí se revela cómo el sistema necesita fabricar relatos para justificar su violencia. La verdad no es negada abiertamente; es distorsionada.
Este patrón se repite una y otra vez en la historia: cuando la verdad incomoda, se la acusa.
“Me devuelven mal por bien, Para afligir a mi alma” (Salmo 35:12)
El pago del bien con mal produce una soledad profunda. No es solo daño externo; es un golpe interior. El alma se queda desolada porque esperaba al menos justicia mínima. Este versículo revela uno de los dolores más intensos del justo: haber hecho bien y recibir destrucción.
“Pero yo, cuando ellos enfermaron, me vestí de cilicio; Afligí con ayuno mi alma, Y mi oración se volvía a mi seno” (Salmo 35:13)
Aquí aparece una de las declaraciones más reveladoras del salmo. David no fue indiferente al sufrimiento de los que ahora lo atacan. Oró por ellos. Se humilló. Intercedió como por un hermano.
Este versículo conecta directamente con Cristo: el que oró por los que luego lo crucificaron. El Reino se manifiesta cuando el bien no depende de la respuesta del otro.
“Como por mi compañero, como por mi hermano andaba; Como el que trae luto por madre, enlutado me humillaba” (Salmo 35:14)
El dolor se intensifica al recordar la cercanía pasada. No eran extraños. Eran compañeros. El luto no era fingido; era real. La traición duele más cuando viene de quienes caminaron cerca.
Aquí el salmo deja claro que el Reino no niega el dolor emocional, pero tampoco permite que ese dolor se convierta en odio.
“Pero ellos se alegraron en mi adversidad, y se juntaron; Se juntaron contra mí gentes despreciables, y yo no lo entendía; Me despedazaban sin descanso” (Salmo 35:15)
La caída del justo se convierte en espectáculo. Los débiles se reúnen para golpear al que ya está herido. El sistema siempre aprovecha la vulnerabilidad ajena. La crueldad se normaliza cuando la multitud la respalda.
Este versículo revela cómo el mal se fortalece en grupo.
“Como lisonjeros, escarnecedores y truhanes, Crujieron contra mí sus dientes” (Salmo 35:16)
La burla no es solo verbal; es persistente, cotidiana, humillante. El desprecio se infiltra en gestos simples. El rechinar de dientes expresa odio contenido, deseo de destrucción.
Aquí se ve claramente que el conflicto no es circunstancial, sino espiritual.
“Señor, ¿hasta cuándo verás esto? Rescata mi alma de sus destrucciones, mi vida de los leones” (Salmo 35:17)
El clamor vuelve con urgencia. La pregunta no es “¿por qué?”, sino “¿hasta cuándo?”. El alma reconoce que la resistencia humana tiene límite. Si Dios no actúa, el daño continuará avanzando.
Este versículo muestra que esperar en Dios no significa callar el dolor.
“Te confesaré en grande congregación; Te alabaré entre numeroso pueblo” (Salmo 35:18)
Aun en medio del conflicto, la alabanza se mantiene como una decisión espiritual. No nace de la emoción, sino de la convicción de que Dios sigue siendo justo aunque la situación no haya cambiado.
La alabanza aquí es resistencia espiritual.
“No se alegren de mí los que sin causa son mis enemigos, Ni los que me aborrecen sin causa guiñen el ojo” (Salmo 35:19)
El odio sin causa vuelve a aparecer como tema central. El enemigo no necesita razón; le basta con que la verdad exista. El justo no puede evitar el odio cuando camina en luz.
Este versículo vuelve a señalar directamente a Cristo.
”Porque no hablan paz; Y contra los mansos de la tierra piensan palabras engañosas” (Salmo 35:20)
Los enemigos no buscan reconciliación. Buscan división, manipulación y conflicto. El lenguaje de paz es usado como herramienta de engaño. Aquí se revela cómo el mal suele vestirse de buenas intenciones.
“Ensancharon contra mí su boca; Dijeron: ¡Ea, ea, nuestros ojos lo han visto!” (Salmo 35:21)
La acusación pública intenta cerrar el caso: “nuestros ojos lo vieron”. La mentira se presenta como evidencia. El sistema necesita convencer, no porque tenga razón, sino porque necesita silenciar la verdad.
“Tú lo has visto, oh Jehová; no calles; Señor, no te alejes de mí” (Salmo 35:22)
Esta declaración es clave: Dios ve. No hay olvido. No hay distracción. No hay indiferencia.
El silencio de Dios no es ausencia, es paciencia.
“Muévete y despierta para hacerme justicia, Dios mío y Señor mío, para defender mi causa” (Salmo 35:23)
David pide a Dios que se despierte, no porque esté dormido, sino porque la justicia aún no se ha manifestado. La oración no cuestiona la soberanía de Dios; apela a ella.
”Júzgame conforme a tu justicia, Jehová Dios mío, Y no se alegren de mí” (Salmo 35:24)
La petición final no es “hazme ganar”, sino “júzgame conforme a tu justicia”. El justo no busca quedar bien delante de los hombres, sino permanecer alineado con la verdad de Dios.
“No digan en su corazón: ¡Ea, alma nuestra! No digan: ¡Le hemos devorado!” (Salmo 35:25)
El enemigo desea celebrar la destrucción del justo. El mal no se conforma con dañar; necesita justificar su daño con victoria aparente. El Reino desenmascara esta intención.
“Sean avergonzados y confundidos a una los que de mi mal se alegran; Vístanse de vergüenza y de confusión los que se engrandecen contra mí.” (Salmo 35:26)
La exaltación del mal no es permanente. La justicia de Dios no llega tarde; llega cuando cumple su propósito. El orgullo será humillado porque no puede coexistir con la verdad.
“Canten y alégrense los que están a favor de mi justa causa, Y digan siempre: Sea exaltado Jehová, Que ama la paz de su siervo” (Salmo 35:27)
El gozo del Reino no se basa en la derrota humana, sino en la justicia divina. Los que aman la verdad se alegran cuando Dios es exaltado, no cuando alguien cae.
“Y mi lengua hablará de tu justicia Y de tu alabanza todo el día” (Salmo 35:28)
El salmo termina con una lengua dedicada a proclamar la justicia de Dios. No hay revancha, no hay resentimiento. Hay testimonio continuo. El justo no queda definido por lo que sufrió, sino por a quién proclamó.
El Salmo 35 revela que el camino del justo no es cómodo ni seguro desde la perspectiva humana. Hay persecución. Hay traición. Hay burla. Hay acusación sin causa.
Pero también hay algo más fuerte que todo eso: un Dios que ve, juzga y defiende con justicia perfecta.
En Cristo, este salmo alcanza su plenitud absoluta: Él fue el Justo odiado sin causa, intercedió por sus enemigos, fue acusado falsamente, guardó silencio ante los hombres y confió plenamente su causa al Padre.
El Reino no se establece respondiendo al mal con mal, sino permaneciendo en la verdad hasta que Dios mismo hable.






